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El Parque Natural de las Lagunas de Ruidera

El Parque Natural de las Lagunas de Ruidera es mucho más que un destino turístico: es un paisaje vivo, una narración geológica que se despliega en tiempo presente y un escenario que ha inspirado literatura y leyendas durante siglos.

Fotos: RV Edipress. Textos: Evasión

En un rincón inesperado del centro de la Península Ibérica, la naturaleza ha preservado un tesoro de agua y piedra. Lejos de la imagen árida que a menudo se atribuye a Castilla-La Mancha, se despliega uno de los paisajes más sorprendentes de la geografía española: el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera, un conjunto de quince espejos de agua encadenados que componen uno de los ecosistemas lacustres más singulares del sur de Europa.

Situado entre las provincias de Albacete y Ciudad Real, este enclave es una joya geológica y, a la vez, un refugio para quienes buscan belleza, historia, aventura y calma.

Un sistema de lagunas único en España

El origen de este prodigio natural es fruto del tiempo y hay que buscarlo bajo tierra, en el acuífero 24, una gigantesca reserva de agua subterránea que alimenta las lagunas a través de manantiales y filtraciones. A medida que estas aguas emergen, ricas en carbonatos, precipitan toba calcárea, una roca porosa que forma barreras naturales.

Estas barreras han creado un sistema escalonado de lagunas conectadas por cascadas, riachuelos y saltos de agua que otorgan al paisaje una apariencia dinámica, casi mágica.

Estas formaciones de toba —únicas en la Península— son también extremadamente frágiles, lo que convierte al parque en un espacio de especial protección. Cada una de las lagunas tiene su propio carácter. La Laguna Blanca, discreta y recogida, contrasta con la Laguna Colgada, amplia y majestuosa, cuya superficie parece fundirse con el cielo manchego.

Colores y sonidos que cambian con las estaciones

Visitar el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera es una experiencia que va más allá de la vista. En primavera, el verde de la vegetación estalla entre las aguas azuladas, y en otoño, los tonos dorados de los chopos tiñen el paisaje de melancolía. El agua, siempre presente, canta en forma de cascadas o se aquieta en las orillas, donde el viento apenas riza la superficie.

La flora y fauna del parque son tan diversas como sus paisajes. Las eneas, juncos y masiegas dominan las orillas, mientras que encinas y sabinas coronan las colinas circundantes. En los cielos y sobre las aguas se avistan aves como el aguilucho lagunero, la garza imperial, o el discreto porrón moñudo, que encuentra aquí uno de sus últimos refugios. El canto del carricero tordal, mezclado con el murmullo del agua, crea una atmósfera envolvente.

Un paisaje que habla de historia y literatura

Pero este parque natural no es solo un prodigio natural. En sus alrededores se encuentran huellas profundas de la historia de Castilla-La Mancha, y en especial, de su tradición literaria. A pocos kilómetros del parque, la Cueva de Montesinos se adentra en el subsuelo con un halo de leyenda. Es en esta gruta donde Miguel de Cervantes situó uno de los episodios más enigmáticos del Quijote, cuando el caballero se sumerge —literal y metafóricamente— en un mundo encantado.

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Los castillos de Peñarroya y Rochafrida, hoy en ruinas parciales, pero todavía imponentes, vigilan el paisaje desde las alturas, evocando un pasado medieval en el que estas tierras fueron frontera y refugio. Estos enclaves históricos, lejos de los circuitos turísticos convencionales, enriquecen la experiencia de los visitantes que buscan una conexión más profunda con el lugar.

Aventura y tranquilidad: dos formas de vivir Ruidera

El parque es un espacio privilegiado para quienes disfrutan del turismo activo, pero también para los que buscan silencio y contemplación. Sus lagunas permiten practicar piragüismo, paddle surf, snorkel e incluso buceo, mientras que una extensa red de senderos permite explorar a pie o en bicicleta sus rincones menos accesibles.

Uno de los puntos más espectaculares es la Cascada del Hundimiento, donde el agua cae con fuerza tras las lluvias, recordando la potencia de los procesos naturales que han dado forma al parque. En contraste, los meses de invierno ofrecen un escenario completamente diferente: nieblas suaves que envuelven las lagunas y reflejos difusos que convierten el entorno en un paisaje casi onírico.

Parque Natural en 1979

Desde su declaración como Parque Natural en 1979, el espacio ha sido gestionado bajo principios de protección y sostenibilidad. Esta figura de protección ha permitido preservar un equilibrio delicado entre la actividad humana y la conservación del medio.

Además de su valor paisajístico, Ruidera es el hábitat de especies amenazadas como el barbo cabecicorto o el somormujo lavanco, y representa un ejemplo de convivencia entre hombre y naturaleza que sigue siendo posible en pleno siglo XXI.

A pesar de su belleza, el parque todavía no cuenta con la fama internacional que merecería. A menudo se compara con los lagos de Plitvice, en Croacia, por su apariencia escalonada y el color de sus aguas, pero Ruidera conserva el encanto de lo aún no masificado. Es ese tipo de lugar que sorprende precisamente porque no se espera encontrar algo así en el corazón de La Mancha.

Por su parte, aunque se puede visitar en un solo día, lo ideal es dedicar al menos un fin de semana para recorrerlo con calma.

La primavera y el otoño son, probablemente, las mejores estaciones para disfrutar del parque sin las aglomeraciones del verano. Las rutas de senderismo están bien señalizadas y permiten adaptar el recorrido a distintos niveles de dificultad. Además, hay alojamientos rurales, zonas de baño autorizadas y áreas recreativas donde pasar el día en familia.

Eso sí, conviene recordar que se trata de un espacio protegido, por lo que ciertas actividades están reguladas o prohibidas, como la acampada libre, el uso de drones o la navegación a motor.